El desorden de las ciudades del carbón

La máquina de vapor, alimentada por el carbón, modificó la sociedad de siglo XIX, facilitando que las industrias se concentraran en zonas de fácil acceso para el ferrocarril y para los barcos de vapor, aumentando la producción, la mecanización y la población de esos núcleos. Todos los procesos industriales pasaron a vertebrarse sobre la máquina de vapor: obtención de tejidos, vidrio y sobre todo acero, que a su vez resultaba básico para conseguir estructuras y herramientas. Este aumento de la producción impulsaba los procesos de comercialización que, por otro lado, propiciaban mejoras técnicas e inventos que servían para satisfacer nuevos deseos y hacían conscientes al pueblo de nuevas necesidades, lo que llevó a valorar las máquinas más que a las personas.

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Este culto por la máquina rompió el equilibrio entre el campo y la industria, lo que dio lugar a dos tipos de zonas bien diferenciadas: zonas de producción de alimentos y materias primas y zonas industriales para su transformación. Las zonas industriales fueron acumulando mano de obra para aprovechar la eficiencia de la máquina. Aunque los trabajos realizados por las máquinas de vapor fueron inmensos si los comparamos con el desarrollo manual de los mismos, las pérdidas derivadas de esta ruptura social también fueron grandes. Esto, junto con el avance de la movilidad, favorecida por el transporte por ferrocarril, provocó que el control del tiempo se convirtiera en una aspiración, y la aceleración del ritmo pasó a ser un nuevo imperativo para la industria y el "progreso". La reducción del tiempo se convirtió en un fin en sí mismo, y basándose en este principio, se aumentaron los horarios laborales para aprovechar al máximo las posibilidades de producción que ofrecían las máquinas. Esta disociación disminuyó la cohesión social y propició huelgas y conflictos sociales.